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Aprendiendo a regatear en Estambul

“Os cuento cómo compré en el Gran Bazar de Estambul una cajita que nunca logré abrir y un lobo tallado en madera que se parece a un oso, entre otros objetos extraños y coloridos.”

Leyendo una guía que estaba a disposición en el hotel, esas que uno solo lee si está esperando que alguien baje de la habitación, me llamaron la atención algunos datos. En particular la cantidad de personas que trabajan y visitan a diario el Gran Bazar de Estambul, si bien es lógico por tratarse de una de las ciudades con más habitantes de Europa, el espacio podría ser tranquilamente el pueblo entero donde nació mi madre, con la diferencia que allí no va nadie y aquí circulan más de 200 mil personas al día.

Antes de viajar a Turquía, ya pensaba visitar el “Gran Bazar”, pero un amigo de la familia me insistió tan apasionadamente en su singular experiencia, que me intrigó mucho más. A tal punto, que al igual que un niño, insistí para ser acompañado a la aventura.

Ya caminando por las calles de la ciudad, pregunté como pude a un señor dónde estaba el famoso Bazar y me respondió al pasar “ya está en él”, miré a mi alrededor y la secuencia de arcos característicos de su estructura, tantas veces visto en imágenes se me hizo presente. No sé en que momento entramos en él, pero lo cierto es que fuimos como absorbidos por el movimiento de la ciudad. Te das cuenta cuando estás más cerca de su centro porque se incrementan los perfumes de las especias, del cuero y los puestos de comida. Existe en el aire un aroma que es el conjunto de todos, indescriptible sin dudas. Aquellos que han estado allí comprenderán esto y los que no, pues dejen de imaginarlo y vayan pronto.

Hablábamos con mi compañera de viaje de que la experiencia del Bazar despierta todos los sentidos y activa un sexto sentido matemático/comercial por decirlo de alguna forma. Ya que comprar implica regatear y para hacerlo en liras turcas hay que aumentar la atención y la destreza. Por supuesto, hay que poner atención con las monedas: el primer desafío consiste en no confundir la moneda local (física) con el euro, ya que 1 lira turca es idéntica en combinación de metales que nuestro euro, hasta ahí perfecto, pero la de 50 Kuruş, media lira, es similar a la de 2 euros. Entonces uno puede generar un gran lío, como lo experimenté, discutiendo con un señor de larga paciencia y bigote.

Otra experiencia que se puede transmitir como consejo: para un ahorro de energías, tiempo y dinero regatee solo aquellos objetos en los que estés interesado, ya que preguntar por curiosidad se convierte en una situación compleja en si misma. Dónde te ves de pronto a punto de comprar algo que solo te pareció curioso: mal para el bolsillo, excelente como anécdota, al ver en tu casa un lobo tallado en madera (que huele al Bazar) que no sabes como terminaste comprando, no deja de ser una historia.

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Ahora bien, nosotros teníamos pensado comprar una lámpara bonita, y tuvimos que encontrar la calle de las luminarias ya que cada vía responde a un sindicato distinto. Así, antes de llegar a ver lo que buscábamos, nos cruzamos con todo tipo de objetos con los que comerciar: hasta llegar a la lámpara (que era la excusa) compramos unos pañuelos y un juego de copas de bronce que nunca usaremos. La emoción se incrementa a cada paso, donde el lenguaje es puramente gestual y sólo nos entendemos mediante los números de las calculadoras que ponen el precio. La miras y debes ir reduciendo con las teclas medio borradas y sucias a lo que creas que puede llegar a costar, pero claro, como nunca lo sabes del todo, siempre o pierdes o te pasas, y cuando el señor se obstina en ¡no!, te vas a otro puesto. Es justo ahí donde te gritan y te persiguen con el objeto como si se te hubiese caído. Transmitir la idea de que ya es tuyo, de que te se te olvidó llevártelo, que solo falta que lo pagues.

Y así con el pasar de tus compras, se te va agudizando la pericia de negociar liras turcas e intercambiar billetes con caras de señores desconocidos. Aunque en algunos lugares se puede pagar con tarjeta, el encanto de las monedas y los billetes es parte de la magia. Pero por supuesto intenta pensar y negociar siempre en liras, no en euros, que el redondeo te puede jugar una mala pasada.

Moverse por uno de los centros comerciales activos más antiguos del mundo, es sentirse haciendo lo que ha hecho el hombre desde siempre: intercambiar, gestualizar, negociar… Es una experiencia única, digna de contar a los nietos en el futuro, donde seguro seguirá existiendo el “Gran Bazar en Estambul” para regocijo de los seis sentidos y para engrosar la colección de objetos extraños y coloridos.

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